Hace muchos años, cerca de Camelot, vivía un dragón en una cueva. Estaba aburrido de vivir solo, así que un día decidió salir a buscar amigos.
Al pasar por el río, vio a un grupo de niños jugando en la orilla. Se acercó corriendo para jugar con ellos. Pero el dragón era muy grande y sus pasos hacían mucho ruido. Cuando los niños lo vieron acercarse, se marcharon corriendo, pensando que se los iba a comer.
El dragón siguió buscando y encontró a un grupo de gente trabajando en el campo. Igual que hizo con los niños, se acercó corriendo. Los campesinos empezaron a tirarle piedras y golpearle con palos. Esta vez, fue el pobre dragón el que tuvo que escaparse corriendo.
Entonces vio Camelot. Una gran ciudad, con un castillo impresionante. Brillaba con el sol de la tarde y parecía hecho de oro. Se acercó para ver si habría alguien que querría ser su amigo, pero los arqueros empezaron a lanzarle flechas desde las almenas. Se abrieron las puertas de las murallas y un grupo de caballeros salió con la espada en la mano. El dragón tuvo mucho miedo y se marchó a su cueva.
Dentro de su fría cueva, solo y sin nadie que le quisiera, el dragón lloró. ¿Por qué no podía tener amigos como todos? ¿Por qué lo trataban mal? Llorando triste, se quedó dormido.

Por la mañana, le despertó una sensación fría y húmeda. ¡Su cueva se estaba inundando! Salió y vio que estaba cayendo una gran tormenta. El río había crecido y se había desbordado. Arrastraba todo a su paso. Para intentar protegerse, subió por la montaña donde estaba su cueva y se acurrucó debajo de un saliente. Desde allí, pudo ver el desastre. El río había destrozado los puentes e inundado las aldeas. La gente había subido a los tejados de las casas.
Sin pensarlo, fue volando hasta ellos. Primero cogió a los niños y los subió a su espalda. Todos tenían mucho miedo, porque no podían escapar del agua. Fue llevándolos hasta su montaña, poniéndolos a salvo. Después, hizo lo mismo con sus padres, los aldeanos. En varios viajes, consiguió poner a salvo a todo el pueblo.
Después, con sus garras, cavó una gran zanja para desviar el río y proteger Camelot. Colocó rocas para construir un dique y consiguió que el río no llegase a las murallas.
Entonces, dejó de llover. Todos estaban contentos con el dragón. Querían abrazarlo y besarlo. El dragón estaba feliz. Por fin había encontrado amigos.
Desde aquel día, el dragón fue un habitante más de Camelot. Trajo grandes rocas, con las que los aldeanos reconstruyeron el puente. Retiró los escombros y ayudó a arreglar las casas y los caminos.
Pero también hubo que ayudarle a él. Unos aldeanos fueron a su cueva, la limpiaron y se la dejaron ordenada. Otros lo lavaron, pues estaba sucísimo. ¡Qué cosquillas le hacían debajo de las alas!
Una vez el pueblo reconstruido, su cueva ordenada y él aseado y limpio, se fue a jugar con los niños. ¡Todos querían que les diese un paseo volando!
Por la noche, regresó feliz a su cueva. Recordaba los momentos que había pasado con sus nuevos amigos. Estaba tan feliz pensando en ellos que no conseguía dormir.
Entonces, queridos amigos, aparecí yo para ayudarle. El Pequeño Bardo. Trepé hasta su hombro. ¡Qué grande era! Me senté, abrí mi libro y busqué un cuento para que el dragón durmiese feliz.
—Acomódate, mi querido dragón. Cierra los ojos y presta mucha atención.
Nuestro viaje está a punto de comenzar.
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