Esta casa es del Pequeño Bardo

El Pequeño Bardo cuenta cuentos a los niños, en presencia del rey Arturo.

¿Sabes dónde vivo?

Mi casa es pequeñita, pero yo también lo soy y estoy cómodo ahí. Hace muchos años, cuando yo todavía era un joven bardo y recorría los caminos de Camelot buscando historias que contar, encontré un pequeño bosque junto a una villa. No era un bosque muy grande. Tenía robles, hayas, algunos pinos y un riachuelo que hacía «glu, glu, glu» entre las piedras. Me gustó tanto aquel lugar que decidí quedarme allí. Construí una pequeña cabaña de madera bajo un roble enorme.

Bueno, cuando digo que la construí yo, quiero decir que unos leñadores me ayudaron bastante. En realidad, ellos hicieron casi todo… Jejeje.

Pero, para agradecerles su ayuda, todos los días juego con sus hijos y les cuento cuentos. Por las tardes, los niños de la villa vienen a buscarme.

—¡Pequeño Bardo! ¡Pequeño Bardo! ¡Cuéntanos un cuento!

Y yo me siento bajo el gran roble y les cuento historias de dragones, caballeros, princesas, gigantes, hadas, unicornios…

Pero una mañana me despertó un ruido espantoso.

—¡CRAC!

Abrí los ojos.

—¿Qué ha sido eso?

—¡CRAC!

Salí corriendo de mi cabaña y vi a varios hombres talando un árbol.

—¡Eh! ¿Qué hacéis?

Uno de ellos señaló hacia la villa.

—Son órdenes de nuestro señor.

Corrí hasta allí para averiguar qué estaba ocurriendo.

El señor de la villa había decidido construirse un enorme palacio. Quería un gran salón para celebrar banquetes, habitaciones para sus invitados, establos para sus caballos, unos jardines llenos de fuentes y una torre altísima para vigilar a todos los vecinos de la villa. El problema era que quería construirlo precisamente donde estaba mi bosque.

—Tendrás que marcharte —me dijo—. Dentro de unos días no quedará aquí ni un solo árbol.

Regresé muy triste a mi cabaña. Aquella tarde llegaron los niños.

—¡Pequeño Bardo! ¿Qué cuento nos vas a contar hoy?

—Hoy no habrá cuento.

Todos se quedaron callados.

—¿Por qué?

Les expliqué lo que estaba ocurriendo.

—Van a talar el bosque y tendré que marcharme.

—¿Marcharte? ¿Adónde?

—No lo sé. Buscaré otro bosque.

Una niña abrió mucho los ojos.

—¿Y nuestros cuentos?

No supe qué responder. Otro niño se levantó de un salto. Entonces empezaron a protestar todos a la vez.

—¡No es justo!

—¡El bosque estaba aquí antes que su palacio!

Intenté tranquilizarlos.

—Seguro que encontraremos una solución.

Pero ellos ya habían encontrado una. A la mañana siguiente, los niños no vinieron a mi cabaña. Se reunieron en la plaza de la villa y emprendieron el camino hacia el castillo de Camelot. Querían hablar con el rey Arturo.

Cuando llegaron ante las murallas, los guardias los miraron sorprendidos.

—¿Adónde vais todos?

—A ver al rey. Es muy importante. Quieren echar de su casa al Pequeño Bardo.

Los guardias recordaron que sus hijos también se dormían felices con mis cuentos y les permitieron entrar. El rey Arturo los recibió en el gran salón del castillo.

—Decidme. ¿Qué os trae hasta Camelot?

Los niños le contaron toda la historia. Le hablaron del bosque, de mi cabaña y de los cuentos que escuchaban cada tarde.

—Nuestro señor quiere talar todos los árboles para construirse un palacio —explicó una niña.

—Y el Pequeño Bardo tendrá que marcharse —añadió otro.

—Y si se marcha…

Todos gritaron a la vez:

—¡NOS QUEDAREMOS SIN CUENTOS!

El rey Arturo sonrió. Pero enseguida se puso serio. Se acercó a una ventana y contempló durante unos instantes los bosques que rodeaban Camelot.

—Un reino necesita castillos —dijo—. También necesita casas, caminos y campos. Pero un reino sin bosques sería un lugar muy triste. Y, sobre todo, un reino en el que los niños no puedan escuchar cuentos sería todavía más triste.

Entonces llamó a uno de sus caballeros.

—Lleva una orden al señor de esa villa. Nadie talará ese bosque.

Los niños comenzaron a saltar.

—¡Viva el rey Arturo!

—¡Viva!

Cuando regresaron a la villa, corrieron hasta mi cabaña. Yo estaba sentado bajo el gran roble, preparando mis cosas para marcharme. De pronto escuché voces.

—¡PEQUEÑO BARDO!

Levanté la cabeza. Los niños aparecieron corriendo entre los árboles. ¡Les acompañaba el mismísimo rey Arturo!

—No tienes que irte, Pequeño Barco —me dijo el rey—. Nadie tiene derecho a echarte de tu casa.

¿Sabes que me emocioné y lloré de alegría? Salté a los brazos del rey Arturo y le di un fuerte beso.

—Muchas gracias.

—¿Y ahora qué? —preguntó una niña.

Sonreí.

—Ahora sentaos.

Los niños formaron un círculo alrededor de mí. Algunos se sentaron sobre la hierba. Otros sobre las raíces del gran roble. Los más pequeños se pusieron delante. Respiré profundamente.

—Acomodaos y cerrad los ojos. Nuestro viaje está a punto de comenzar.

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